ONÍRICA parte del acercamiento consciente a los sueños y en la
especulación formal para incrustarse en ellos interviniéndolos desde la conjetura,
la divagación y el supuesto, profundizando en los límites donde aparecen formas
del subconsciente, lo subliminal, lo involuntario y maquinal, lo automático e
indeliberado. Todo ello cristaliza en composiciones que plantean instantes y
concreciones que establecen puentes hacia la memoria, desde unas dimensiones poco
transitadas a nivel consciente. La memoria y la amnesia forman parte de la
deconstrucción y reconstrucción de la imagen que se formula de fondo. Las interrupciones, la fragilidad y la herida, quedan sedimentadas
en los intersticios de la obra. En el transcurso de esa necesidad por indagar
en lo desconocido emerge una nueva abstracción que propone mensajes encriptados
y en gran medida irresolubles. Los escenarios son provisionales, caóticos,
incomprensibles desde el punto de vista racional. El proceso se escapa a toda explicación
lógica ya que se recorren escenarios en apariencia aleatorios, arquitecturas y
formas orgánicas, retazos de visiones, fosfenos, manchas luminosas, pareidolias
o alucinaciones. Las grafías con las que se manifiesta esa dimensión onírica e
irreal se constata en los gestos, tramas y campos cromáticos que estaban
predestinados a emerger. Estos y no otros, sin pretensión apriorística. La mente
es el lienzo y la intervención en el resultado no es más que el indicio de una
consciencia que permite abordar la obra, las pátinas, la fluidez y los
designios que se suscitan, escapándose en el propio momento de su ejecución.