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En la época Edo, en Japón, había un juego conocido como Hyakumonogatari kaidankai. Podríamos traducirlo por cien historias de fantasmas. Para poder jugar, hacían falta por lo menos dos habitaciones separadas por un pasillo. En la segunda habitación se encendían cien velas colocadas en círculo y, enfrente de las velas, colocaban un espejo. Cuando caía la noche, todos los jugadores se reunían en la habitación y contaban, por turnos, historias de fantasmas. Cada vez que terminaba una de las historias, el que la había contado caminaba, solo, hasta la tercera habitación, y apagaba una de las velas. Tras hacerlo, se miraba al espejo. Así, sucesivamente, los jugadores se contaban historias de terror, y fantasmas, y recorrían un pasillo cada vez más oscuro para apagar su vela.

Los espíritus, según la leyenda, se acercaban más, y más, con cada vela que se apagaba.

Casi siempre, tras contar noventa y nueve historias, los jugadores se detenían, porque si quedaban en total oscuridad, si apagaban la última vela… invocarían a los espectros que habitan junto a nosotros, separados, apenas, por la llama de una vela.

Noventa y nueve historias.

Pero a veces, se contaban cien historias. Y el último jugador recorría un pasillo casi a oscuras, para entrar en la habitación, con una sola vela frente a un espejo. Soplaba la vela y se miraba al espejo. No estaba solo.

Este es el espíritu que hemos querido capturar en la exposición. Los espíritus que acuden cuando contamos historias, o cuando las dibujamos. No se trata de terror, porque los fantasmas no siempre acuden a atormentarnos. A veces, pasean en el bosque, de noche, buscando recuperar la vida que perdieron o, sencillamente, recorren el mundo que les pertenece.

Las penumbras son el territorio de los fantasmas, pero también de otras criaturas de la noche, de los insectos del bosque.

De noche, la vida y la muerte se encuentran y, a veces, alguien cuenta su historia. Raquel Lagartos, Reyes Fernández Medina, Mara Saturio Cordero y Andrea Fernández quieren ser parte de esa historia.

UN PASEO NOCTURNO es un proceso artístico a través del cual se ilustra ese leve estremecimiento que provoca un paseo nocturno y solitario por el bosque. Los espíritus nos rodean, nos observan, y pasean con nosotros. A lo mejor ellos también disfrutan de la brisa fresca de la noche.

 
     
     
 

 


 

 

   

 

 

 

 

 

 

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